lunes, 17 de septiembre de 2007

EL RECUERDO A GUSTAVO EBERTO

El arquero de Boca, que falleció el lunes 3 de septiembre, le dió una entrevista a la revista FOX SPORTS en noviembre de 2006.

VOLVER A VIVIR

Por Pablo Aro Geraldes y Eduardo Alberto Martins

ENTREVISTA PUBLICADA EN LA REVISTA FOX SPORTS EN NOVIEMBRE DE 2006

GUSTAVO EBERTO FUE EL ARQUERO DE LA SELECCION SUB 20 Y HABIA DEJADO A BOCA PARA TENER OPORTUNIDADES EN TALLERES, PERO UN CANCER TESTICULAR LO LLEVO AL BORDE DE LA MUERTE. NUEVE MESES DESPUES, VOLVIO A ENTRENAR.

Cáncer. El diagnóstico se clavó como un puñal helado en los sueños del arquero de 23 años. Gustavo Eberto, campeón sudamericano Sub 20 en 2003 y titular en el Mundial de los Emiratos Arabes, estaba feliz por su debut en Talleres de Córdoda, por el 2-1 sobre Huracán. Pero enseguida empezó con una tos extraña, con sangre. “Tosía y me ahogaba. Me hice unos estudios, luego metomaron placas torácicas y salieron unas manchas”, recuerda como una pesadilla lejana, pero que ocurrió hace apenas 9 meses.
Todo lo que siguió fue muy rápido: el cáncer de testículos y sus ramificaciones, el pánico al principio, la fe siempre, la quimioterapia, la presencia más cercana de los seres queridos... Todo pasa como una película por la cabeza de Eberto, pero es mejor empezar por el final, o mejor dicho por el presente, un presente de esperanza que deja paso a una sonrisa.

–Ahora que estás saliendo, ¿cuál fue el peor momento?
–Llegando al final del tratamiento. Entre la quinta y la sexta quimioterapia. Cada sesión lleva cinco días de internación con constante medicación; desde las once de la mañana hasta la medianoche. Cuando la droga llegaba a su pico, me liquidaba.
–¿En qué buscaste apoyo cuando supiste que tenías cáncer?
–En la fe. Soy católico y siempre la tuve, pero esto me reconfortó muchísimo más. Después, en la familia y los amigos. El que tiene fe y cree en Dios lo va a entender.
–Boca sigue siendo el dueño de tu pase, ¿cómo se comportó el club?
–Siempre estuvo cerca, lo mismo que la gente de Talleres de Córdoba y de la Selección Juvenil.
–¿Hablaste con alguien que haya pasado por lo mismo?
–Tuve la suerte de recibir el llamado de Lechuga Roa, que me alentó mucho. El tuvo exactamente el mismo cáncer que yo. Otro que lo sufrió fue el ciclista Lance Armstrong, que se repuso y ganó varios Tours de France.
–¿Qué cosas cambiaron en tu vida después de esta experiencia?
–Creo que la enfermedad vino por la autoexigencia que me imponía día a día. Hoy por hoy, mi salud es todo. Por eso voy despacio en este nuevo proceso de ponerme bien físicamente. No me quiero exponer. Sé que en algún momento voy a estar bien.
–¿Hiciste alguna promesa?
–No, ninguna. Pero pedía con mucha convicción, con fe.
–¿Estás definitivamente curado?
–Tengo una masa entre la aorta y un riñón. Hay que sacarla con una operación. Está rodeada de células buenas que en cualquier momento se pueden dar vuelta, por eso es necesaria la cirugía, para sacarlas antes. Por ahora no hay peligro y estoy por hacerme un estudio para ver si puede desaparecer o no. Queda sólo eso.
–¿Cómo te sentís hoy?
–Físicamente, muy bien. Bárbaro. Ahora estoy perfecto. La quimioterapia te voltea, pero eso ya quedó atrás, gracias a Dios.

3 PARTIDOS
Los que jugó en Primera: 2 en Boca y 1 con Talleres de Córdoba en la B Nacional.

Gustavo es el menor de tres hermanos. Allá en Paso de los Libres, Corrientes, están Horacio y Teresa, sus padres, quienes lo apoyaron en cada minuto del difícil trance.

–¿Quiénes te acompañaron en las quimioterapias?
–Tuve cuatro pilares fundamentales. Todos muy importantes y en el orden que quieran: mi mamá, mi novia Valeria, mi prima Iris, que es médica, y Víctor Civarelli, que era el entrenador de arqueros de Boca. Ellos estuvieron permanentemente conmigo. También la gente que me representa y muchísimos que, sin conocerme, me llamaban para saber cómo estaba.
–¿Te sorprendió algún llamado?
–Sí, el de Carlos Bianchi, por ejemplo. Bah, en realidad no me sorprendió, porque tuve la posibilidad de trabajar con él y sé qué clase de persona es. Tengo claro, que más allá de lo futbolístico, mis compañeros algo rescatan de mí. La primera internación fue de quince días y las visitas no paraban.
–¿Tuviste miedo de que el cáncer te alejara del fútbol?
–En esos momentos de soledad, la cabeza va a mil y se te cruzan miles de cosas. No sólo no volver a atajar, sino también irme para el otro lado. Atajar pasó a tercer plano, ni siquiera a segundo. Pero nunca perdí la fe y siempre traté de estar bien anímicamente.
–¿Cuándo empezaste a ver que era posible volver a vivir bien?
–En agosto estaba con el tratamiento de radioterapia. En la última quimio, me hicieron un catéter para pasar la medicación, porque ya no me encontraban las venas; no quería saber más nada. Entonces empecé con vómitos, que antes no había tenido. Esa noche, por el esfuerzo que hacía, se me reventó un vasito en el cerebro y empecé con convulsiones. Por eso, tengo que tomar una medicación durante dos años más. Pero gracias a Dios se pudo salir adelante; estuvo complicado. Mi mamá le preguntaba a mi prima médica si me iba a salvar y ella no sabía qué
decirle, se largaba a llorar. Fue un momento desesperante. Ya pasó y ahora quiero recuperarme. Ojalá que el año que viene arranque jugando al fútbol, de a poco. El proceso es muy lento: los meses de inactividad hicieron que perdiera el tono muscular, así que me va a llevar un tiempo la recuperación.

Los días de Eberto están volviendo a parecerse a lo que en el pasado llamaba rutina. Dieta, entrenamiento, gimnasio... Vida. “La verdad, todo lo que viene ahora es un regalo del cielo”, dice con un tono de voz que no es de resignación sino de esperanza plena.

–Se te ve bien, ¿vos cómo te sentís?
–Se produjo el milagro y se resolvió todo. Los médicos no le encuentran una explicación. Para mí es la fe. Incluso, el neurocirujano dijo que mi cabeza está perfecta. Estoy bárbaro, con una ganas de vivir increíbles.

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